Daniel Gabaldón Estevan es licenciado en Sociología por la Universitat d’Alacant y en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universitat de València. Formado como investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), es doctor por la Universitat de València.
Un reloj que miente, un cuerpo que no puede adaptarse y un sistema educativo construido en torno a los horarios de los adultos. Así resume Gabaldón el problema central que estudia el proyecto Kairos: la desincronización entre los ritmos biológicos de los estudiantes y los horarios que les impone la escuela. Sus conclusiones incomodan porque señalan, con datos, una incoherencia que todos intuían pero nadie medía.
El origen del proyecto: cuando la sociología se cruza con la cronobiología
La conexión entre horarios escolares y ritmos circadianos no fue un interés inmediato para Gabaldón. En 2016, el Departamento de Sociología le encargó interpretar un informe publicado por la profesora Sintes en Cataluña sobre los efectos de los horarios escolares, especialmente en la conciliación familiar. Aquella lectura abrió una puerta que ya no cerraría.
«Empecé a leer literatura sobre el ritmo de atención, que varía según el día. Vi que había diferentes momentos de atención y que nadie estaba controlando todas las variables que contribuyen al aprendizaje de los estudiantes según el horario», explica. A medida que avanzaba en la bibliografía, encontró un fenómeno que lo fascinó: el retraso del cronotipo en la adolescencia.
Los datos son reveladores: en primaria, entre el 60 % y el 80 % de los alumnos son cronotipos matutinos. Al final de esa etapa, las proporciones se invierten. Y en secundaria, el predominio de los cronotipos vespertinos —los que biológicamente necesitan dormir y despertar más tarde— se agudiza precisamente cuando los horarios escolares siguen siendo, o incluso son, más tempranos.
«Si tu cronotipo se retrasa y tu horario escolar se adelanta, tienes garantizado un desajuste. Tu cuerpo te dice que duermas hasta las 10, y a las 10 en el instituto ya es el recreo»
— DANIEL GABALDÓN ESTEVAN
A eso se suma un agravante geográfico que los españoles rara vez consideran: España está sincronizada con el huso horario de Europa Central, no con el solar que le correspondería geográficamente. Nuestras siete de la mañana equivalen, en términos de luz, a las cinco de la mañana de otros países del oeste europeo.
Once instrumentos para medir lo que nadie medía
El proyecto Kairos, trabaja con once instrumentos de medición para triangular un fenómeno complejo. No basta con preguntar a los alumnos a qué hora se acuestan. Hay que medir su biología.
Por un lado, el equipo analiza los picos de cortisol en saliva —la llamada «hormona del estrés»— que permiten calcular el perfil circadiano de cada estudiante. Por otro, la actigrafía: dispositivos que registran el movimiento y la temperatura corporal para identificar si el alumno es de cronotipo temprano o tardío. Y finalmente, el Cuestionario de Cronotipo de Múnich, una herramienta validada internacionalmente en la que los propios estudiantes registran sus horas habituales de sueño entre semana y en fin de semana.
La diferencia entre ambos comportamientos es, precisamente, la medida del «jetlag social»: el desajuste que acumula un adolescente que el domingo puede dormir hasta las 10 pero el lunes debe levantarse a las 7. Cuando esa diferencia supera las dos horas, se considera clínicamente relevante.
Un reloj que miente al cuerpo
Gabaldón recurre a una imagen sencilla para explicar el problema a cualquier interlocutor: «El reloj te miente. Te dice que son las siete de la mañana, pero en verano en realidad son las cinco. Tu voluntad obedece al reloj, pero tu cuerpo se sincroniza con la luz solar».
A diferencia del jetlag de un vuelo transatlántico —del que el organismo se recupera a razón de un día por hora de cambio—, la desincronización del huso horario español es permanente y diaria. El cuerpo nunca puede adaptarse porque cada mañana vuelve a recibir la misma señal equivocada.
Las consecuencias son concretas y encadenadas: el adolescente desincronizado no puede conciliar el sueño antes de medianoche porque su biología no lo permite. Se levanta a las siete con el cuerpo aún en fase de descanso. No puede desayunar porque tiene náuseas. Llega al centro escolar sin haber dormido lo suficiente ni haberse alimentado. A primera hora no puede concentrarse. A media mañana se despierta con hambre pero ya ha perdido las clases más importantes del día.
«Pocas cosas pasan. Llevamos sistemáticamente a los alumnos desincronizados al aula y no somos conscientes de que esto supone»
— DANIEL GABALDÓN ESTEVAN
La amígdala —la región cerebral que regula las emociones— está hipersensible con la falta de descanso. En la adolescencia, además, la corteza prefrontal aún está en desarrollo, lo que reduce la capacidad de autorregulación. El resultado: reacciones desproporcionadas, conflictos que se disparan, una percepción distorsionada de los mensajes del profesor. «El docente pudo haber dicho algo neutro y el estudiante lo interpreta de otra forma», describe Gabaldón. «Una persona descansada no le daría tanta importancia. Un estudiante en situación de privación de sueño, sí».
La paradoja de la jornada continua
Uno de los hallazgos más contraintuitivos del equipo afecta directamente al debate sobre los modelos de jornada escolar. Los datos muestran que los alumnos de jornada continua —la que concentra las clases en la mañana y deja libre la tarde— duermen menos, pasan más tiempo frente a pantallas y dedican más horas a los deberes que quienes tienen jornada partida.
La explicación no está en los niños, sino en el contexto doméstico que los recibe. «Las familias no son el modelo tradicional donde siempre hay alguien en casa», señala Gabaldón. «Cuando el niño llega a las dos, hay pantallas, no hay estructura, no hay nadie que organice ese tiempo». En cambio, el tiempo pasado en el centro escolar, aunque sea en actividades extraescolares o simplemente en el patio, está mínimamente regulado: no hay dispositivos, hay otros niños, hay adultos presentes.
El investigador constató entre 2002 y 2010 que el tiempo de pantallas en la jornada continua había aumentado significativamente, mientras que en la jornada partida apenas se había modificado. «Y eso era antes de los smartphones», advierte. «Ahora creo que es incluso peor».
El debate que nadie quiere tener: ¿estamos organizando la escuela para los adultos?
Gabaldón no rehúye la pregunta incómoda. El debate sobre los horarios escolares en España ha girado históricamente en torno a dos actores: las familias (que necesitan conciliar) y los docentes (que tienen preferencias sobre sus condiciones laborales). Los estudiantes, en cambio, «quedan para el final».
«Es un debate totalmente adultocéntrico», afirma. «Algunos piensan que el estudiante, al ser joven, se adapta a todo. Otros no creen que tenga derecho a decidir nada. Y otros, simplemente, no caen en ello». Su posición es tajante: «Los niños están aquí porque los hemos tenido. Los profesores han elegido esa vocación. Pero el horario escolar debe establecerse según lo que conviene al estudiante, y esa es una cuestión que no negocio».
Reconoce que hay condicionantes legítimos en la posición del profesorado —especialmente el alto porcentaje de docentes itinerantes que recorren largas distancias para llegar a sus centros—, pero insiste en que esas necesidades no pueden determinar a qué hora un adolescente debe estar sentado en un aula intentando concentrarse.

Lo que los países nórdicos hacen diferente
Cuando Gabaldón mira a Europa en busca de modelos alternativos, su mirada se detiene en Estonia y Finlandia. Ambos países están situados en su huso horario natural, lo que significa que su reloj social y su reloj solar están alineados. Y Estonia, además, acaba de aprobar una ley que prohíbe que las clases comiencen antes de las nueve de la mañana.
«Esas nueve de la mañana estonianas equivalen, en términos biológicos, a las diez de la mañana españolas», explica. «Es como si aquí decidiéramos que ningún centro puede abrir antes de las diez. Eso permitiría que los alumnos durmieran lo que necesitan, desayunaran bien, llegaran al centro en sus horas de actividad natural. El aprendizaje mejoraría solo por eso».
El argumento que utiliza no es solo pedagógico, sino también económico. «Dar clases cuando el estudiante está dormido es un derroche de gasto público. La administración tiene la obligación de no malgastar recursos. Si la clase se imparte cuando el alumno no puede prestarle atención, ese dinero se pierde».
«La oferta educativa debe hacerse cuando la mayoría del alumnado esté en mejores condiciones para aprovecharla. Es un derecho del estudiante y una obligación de la administración pública»
— DANIEL GABALDÓN ESTEVAN
Resultados preliminares y el camino que queda
Kairos lleva varios años en marcha y los datos ya apuntan tendencias, aunque el equipo se mantiene prudente antes de publicar conclusiones definitivas. El primer año, con una muestra de 49 estudiantes, mostró una elevada falta de descanso y de socialización, compensada con patrones de sueño más tardíos durante el fin de semana. La muestra se ha ido ampliando y aún quedan dos años de recopilación de datos para cerrar el proyecto.
Uno de los desafíos reconocidos es el sesgo de autoselección: el protocolo es exigente, y las familias que completan el seguimiento tienden a tener estudios superiores. Esto limita la representatividad general, aunque el investigador señala que también tiene una ventaja metodológica: iguala los perfiles entre los centros participantes, lo que permite aislar mejor el efecto del horario respecto al nivel socioeconómico.
El objetivo final del proyecto no es solo describir el problema, sino proponer una solución. «Queremos ofrecer un programa que sirva de guía», explica Gabaldón. «Con los datos obtenidos, proponer un horario que se adapte a las necesidades del alumnado según su edad. Un horario que permita que los alumnos lleguen al colegio habiendo dormido lo suficiente, habiendo desayunado, habiendo llegado caminando a ser posible. No directamente de la cama al aula».
