Psicóloga del Proyecto Kairos

«¿Cómo puede una niña de seis años estar tan triste?» La pregunta de Leila M. Alcañiz  resume una de

las realidades más impactantes que ha descubierto trabajando en el proyecto Kairos. Como

psicóloga del equipo, su labor va mucho más allá de pasar cuestionarios: está documentando cómo

la desincronización entre el reloj biológico y el horario escolar afecta al bienestar emocional de

cientos de estudiantes.

De las prácticas a coordinar la dimensión psicológica

Leila comenzó en Kairos como estudiante en prácticas, con un rol más auxiliar. Ahora coordina

el área psicológica del proyecto. Administra las pruebas de satisfacción vital, supervisa las

evaluaciones de atención sostenida y el BADIG (una batería que mide diferentes habilidades

cognitivas como memoria, razonamiento o percepción espacial) junto con el resto de psicólogas y pedagoga

y gestiona a otros estudiantes de prácticas que se incorporan al equipo.

«Es muy agradecido trabajar con los niños», explica Leila. «Las niñas son muy cariñosas, se nota

esa inocencia. Por ejemplo, cuando dudan en el cuestionario de satisfacción: ‘¿Pero qué es la

libertad?’ Es muy gracioso verte explicando qué es la libertad». Con los adolescentes de la ESO,

reconoce, el desafío es mayor. «Es mi gran enemigo, la ESO», bromea, «pero también se aprende. Es

muy bueno que muestren esa rebeldía, esa actitud más pasiva, porque es necesario que empiecen a

decidir qué les gusta, qué no les gusta y que lo expresen».

Midiendo la felicidad infantil desde múltiples ángulos

El trabajo de Leila se articula en torno a varios instrumentos científicos que permiten comprender

cómo viven realmente los estudiantes. El cuestionario de satisfacción, inspirado en escalas del

Children’s World Project, mide el placer que sienten los niños en diferentes áreas de su vida: la

familia, el barrio, cómo los escuchan los adultos, cómo organizan su tiempo. «Puede que estén muy

contentos con el barrio en el que viven, pero todo lo relacionado con cómo organizan su tiempo les

hace sentir menos alegres. O incluso la relación con sus padres puede verse deteriorada por esa

desincronización, porque hay mucha lucha por la mañana para levantarse de la cama».

Las pruebas de atención sostenida son otro pilar fundamental. El equipo al que pertenece Leila administra

dos cuestionarios diferentes al inicio y al final de la jornada escolar para detectar patrones: el test

CARAS, que los niños adoran («Ah, por fin, el de las caras», dicen), y el D2, más complejo, que

consiste en identificar entre líneas de estímulos aquellos que son una D con dos líneas. «Como

aplicamos los dos cuestionarios a cada niño, obtenemos una medida más uniforme de un constructo

tan complejo como la atención».

Los hallazgos que duelen

Como psicóloga, lo que más impacta a Leila son los indicadores de satisfacción preocupantes en

edades tempranas. «Por ejemplo, en los cuestionarios se ve que las niñas empiezan a sentirse

insatisfechas con su apariencia física desde muy temprana edad. Eso me llamó mucho la atención».

Cuando encuentra casos de este tipo, el protocolo es claro: se consensua y supervisa con el resto de

psicólogos y pedagoga.

Pero hay un patrón que se repite sistemáticamente y que Leila describe con contundencia: «La

literatura muestra muchas veces que quienes tienen el cronotipo vespertino tienen una relación con más

tirantez con sus padres. Estos también tienen que ir corriendo al trabajo y tienen peleas constantes:

‘¡Levántate, levántate, levántate!’, y al final, la quinta vez que le dicen al niño que se levante, ya se

lo dicen con menos paciencia».

Esta desincronización tiene efectos tangibles: los adultos consideran que estos niños no se toman en

serio el colegio porque les cuesta concentrarse por las mañanas, cuando en realidad su pico de

atención está en otro momento del día. «Al final siguen siendo personas inteligentes que saben

cuándo se concentran. Hay mucha gente que trabaja bien bajo presión. Su atención, su pico, está

ahí». La consecuencia es que muchos dejan de desayunar, acumulan ojeras por no descansar lo que

necesitan, están de mal humor, y eso afecta a cómo se ven y cómo los ve el resto.

La tesis sobre la fluidez: cuando aprender es un placer

La investigación doctoral de Leila se centra en un concepto fascinante: el flow. «Básicamente es

el nivel de placer que sentimos con una tarea porque es desafiante y porque a nivel cognitivo es

óptima». Su hipótesis es clara: si te ponen matemáticas a las 11 de la mañana, cuando estás en tu

punto máximo de atención, es más probable que te gusten porque las entenderás mejor que si te las

ponen a la 1:30, cuando ya estás agotado. «Medir  a qué hora aparece el flujo del flow, si tiene que

ver con que me guste la tarea, un poco de ese estilo».

Un mensaje directo sobre los horarios escolares

Cuando se le pregunta por el efecto de los horarios escolares en el bienestar emocional de los niños,

Leila no se guarda nada: «No creo que haya que hacer como si nada o seguir ignorando este problema».

Esta desincronización se ve en cosas tangibles: en la relación con los padres, en cómo organizan su tiempo,

si están a gusto con las extraescolares que hacen. A lo mejor ya están cansados, o prefieren una

extraescolar en la que bailar y pasarlo bien que repasar matemáticas, que es lo que tendrían que hacer porque no llegan».

Su reflexión final conecta directamente con el propósito del proyecto Kairos: «Está bien esta

investigación para intentar no someterlos a esa presión». Porque detrás de cada cuestionario, cada

prueba de atención y cada medición de satisfacción, hay niños reales cuyo bienestar emocional

depende, en parte, de algo tan aparentemente neutral como la hora a la que empieza el colegio.