Presentamos en Düsseldorf evidencia sobre horarios escolares y bienestar infantil 

Düsseldorf, 6 de febrero de 2026 — Imagina que cada día te obligaran a levantarte a las 5 de la mañana, cuando tu cuerpo aún necesita dormir. Que nadie te preguntara si estás cansado, si puedes concentrarte, si ese horario tiene sentido para ti. Y que esto durara años. ¿Cómo te sentirías?

Esto es lo que viven millones de niños y adolescentes cada día. Desde el Proyecto Kairos hemos presentado en el Congreso Internacional de Düsseldorf datos que lo demuestran: cuando no escuchamos a los niños y les imponemos horarios que no respetan sus ritmos naturales, estamos afectando su bienestar de forma real y medible, impactando en su salud, en cómo aprenden y en cómo se sienten.

Nuestro director, Daniel Gabaldón-Estevan, profesor de la Universitat de València, presentó su investigación en esta importante conferencia que reunió a expertos en educación de más de 20 países. Los datos compartidos invitan a la reflexión de padres, maestros y responsables políticos.

Lo que los niños nos están diciendo

En nuestra investigación preguntamos a 268 niños y jóvenes de diferentes edades sobre su tiempo, su bienestar y si los adultos les escuchan. Las respuestas son claras:

Los más pequeños (5 a 8 años) dicen algo muy simple pero poderoso: cuando los adultos les escuchan de verdad, se sienten más libres. No se trata de hacer lo que quieran sin límites. Se trata de sentirse respetados.

Entre los 8 y 10 años aparece un dato alarmante: de 42 niños preguntados, solo 4 sabían qué son los derechos de la infancia. Nueve dijeron que no lo sabían, y 29 no supieron qué responder. Es decir, casi todos estos niños no tienen ni idea de que tienen derechos específicos como personas menores de edad.

Los adolescentes (11 a 17 años) nos dicen algo importante: cuanto más les escuchan los adultos, mejor saben organizarse, gestionar su tiempo y cumplir con sus responsabilidades. Y cuanta más libertad tienen para decidir sobre su propio tiempo, mejor lo aprovechan.

«Es algo que parece obvio pero que olvidamos constantemente», explica Gabaldón-Estevan. «Estamos tan obsesionados con controlar cada minuto de la vida de niños y jóvenes que no les dejamos aprender a gestionar su tiempo. Y luego nos quejamos de que llegan a la universidad sin saber organizarse».

El problema del reloj

Pero hay algo más profundo que solo no escucharles. Se trata de cómo organizamos el tiempo en las escuelas.

Los científicos que estudian los ritmos biológicos —cuando nuestro cuerpo necesita dormir, comer, estar activo— han descubierto algo importante: cada persona tiene su propio «reloj interno». Los niños pequeños suelen madrugar con facilidad. Pero cuando llegan a la adolescencia, su reloj interno cambia: necesitan acostarse más tarde y levantarse más tarde. Es biología, no pereza.

Sin embargo, las escuelas (especialmente los institutos) empiezan cada vez más temprano. Resultado: millones de adolescentes obligados a levantarse cuando su cerebro todavía necesita dormir, a estar atentos en clase cuando biológicamente no están preparados, a acumular cansancio día tras día.

«No estamos hablando de teorías abstractas», insiste el investigador. «Hablamos de chavales que llegan agotados a clase, que no rinden porque su cuerpo no está preparado a esa hora, que acumulan estrés y problemas de salud. Y lo llamamos ‘normal'».

A esto se suma que nadie les pregunta. Nadie les da voz en cómo se organizan los horarios, las actividades, el tiempo escolar. Se les trata como si sus necesidades y opiniones no importaran.

Un maestro que lo entendió hace un siglo

Nuestra presentación no se quedó solo en datos. Conectamos la investigación con las ideas de Janusz Korczak, un médico y maestro polaco que revolucionó la forma de entender la infancia a principios del siglo XX.

Korczak, que murió en 1942 acompañando a los niños de su orfanato hasta el final en la Segunda Guerra Mundial, defendió toda su vida algo radical para su época: que los niños no son «futuros adultos» sino personas completas, con derecho a vivir su infancia plenamente, a ser escuchados, a participar en las decisiones que les afectan.

Escribió libros con títulos como «Cómo amar a un niño» y «El derecho del niño al respeto». En ellos defendía algo que sonaba revolucionario: que los niños tienen derecho al «tiempo propio». Derecho a tener tiempo para hacer lo que  consideran importante, cuando lo necesitan.

«Lo fascinante», explica Gabaldón-Estevan, «es que lo que Korczak intuía hace un siglo, ahora lo confirma la ciencia: los niños tienen derecho al tiempo propio, y respetarlo no es un capricho, es una necesidad biológica y social».

Las consecuencias reales

Cuando hablamos de «no respetar los ritmos de los niños» puede sonar abstracto. Pero las consecuencias son muy concretas:

  • Sueño y salud: Muchos adolescentes se levantan durante lo que debería ser su hora de sueño profundo. El resultado es que acumulan falta de sueño, lo que afecta a su salud mental y física, su sistema inmune, su estado de ánimo.
  • Aprendizaje: Un chaval obligado a madrugar en contra de su reloj biológico tiene peor memoria, menos capacidad de atención, más dificultad para aprender. No porque sea vago, sino porque su cerebro no está en el momento óptimo.
  • Bienestar: Vivir constantemente con horarios que van en contra de tu reloj interno es como tener jet lag permanente. Genera estrés, ansiedad, sensación de agotamiento.
  • Autonomía: Si nunca te dejan decidir sobre tu tiempo, ¿cómo aprendes a gestionarlo? Es como pretender que alguien aprenda a nadar sin dejarle entrar en el agua.

Un congreso para escuchar

La conferencia donde presentamos esta investigación, organizado por la Universidad de Düsseldorf y asociaciones europeas e internacionales de educación, se centró precisamente en eso: en escuchar las voces de niños y jóvenes.

Durante dos días, investigadores de más de 20 países presentaron trabajos sobre cómo dar voz a la infancia, cómo respetar sus derechos, cómo crear escuelas más justas y participativas.

Anna Odrowąż-Coates, que preside la Asociación Internacional Janusz Korczak, lo resumió así en su discurso: «La educación debe ser un espacio para cultivar la resiliencia, la empatía y la participación democrática. Empezando por escuchar a quienes más tienen que decir: los propios niños y jóvenes».

Una investigadora de Barcelona, Ane López de Aguileta, presentó estudios que demuestran algo esperanzador: cuando las escuelas aplican métodos basados en evidencia científica, los estudiantes de familias con menos recursos pueden tener tanto éxito como los de familias acomodadas. El origen no es destino.

Desde Ucrania, en plena guerra, un equipo de maestros compartió cómo mantienen vivo el legado de Korczak: «Queremos un mundo pacífico para todos. Este congreso es un puente importante entre comunidades que nos preocupamos por lo mismo: los derechos de la infancia, las necesidades educativas, un futuro mejor».

Entonces, ¿qué hacemos?

Si los datos son claros y la ciencia lo confirma, ¿qué podemos cambiar?

«No se trata de eliminar todos los horarios o dejar que cada uno haga lo que quiera», aclara Gabaldón-Estevan. «Se trata de repensar cómo organizamos la educación considerando tres cosas: los ritmos biológicos reales de niños y jóvenes, darles voz de verdad en las decisiones, y basarnos en evidencia científica en lugar de en ‘siempre se ha hecho así'».

Algunas ideas concretas que surgieron en el debate:

Para las escuelas:

  • Flexibilizar horarios de entrada, especialmente en secundaria donde los adolescentes necesitan dormir más por la mañana
  • Crear momentos donde niños y jóvenes puedan decidir qué hacer y cuándo, aprendiendo a gestionar su tiempo
  • Preguntarles de verdad, no solo de forma simbólica, sobre cómo organizan el día escolar

Para el sistema educativo:

  • Enseñar a los niños cuáles son sus derechos (si el 90% entre 8-10 años no lo sabe, algo falla)
  • Evaluar cada decisión organizativa preguntando: ¿esto respeta los ritmos y necesidades de los estudiantes?
  • Formar a maestros en cronobiología básica: entender cómo funcionan los relojes biológicos

Para las familias:

  • Escuchar más, imponer menos
  • Dar espacios de autonomía temporal donde aprendan a gestionar su tiempo
  • Defender en las escuelas que se respeten los ritmos de sueño de sus hijos

La pregunta incómoda

Regresamos a Valencia con nuestra investigación validada internacionalmente, pero también con una pregunta que dejamos flotando en la conferencia:

«Si sabemos que escuchar a niños y jóvenes mejora todo —su bienestar, su capacidad de organizarse, su salud—, ¿por qué nuestras escuelas siguen organizadas como si sus voces no importaran?»

No es una pregunta retórica. La respuesta no está en hacer más estudios. Los datos están. La ciencia es clara. Incluso tenemos el marco filosófico, gracias a Korczak y otros que lo entendieron hace décadas.

Lo que falta es voluntad. Voluntad para cambiar horarios que sabemos que no funcionan. Voluntad para dar voz real a quienes más afectan estas decisiones. Voluntad para aceptar que deberíamos escuchar más a los niños.

Mientras tanto, cada mañana, miles de niños y adolescentes se levantan agotados, van a escuelas donde nadie les pregunta su opinión, viven según horarios que ignoran sus ritmos naturales. Sin saber siquiera que tienen derecho a algo mejor.

Es una desincronización que no deja marcas visibles, pero está ahí, medible en el cansancio acumulado, en la ansiedad, en el estrés, en la sensación de no ser escuchado. Y tiene solución.

La pregunta es: ¿estamos dispuestos a cambiar?


Proyecto Kairos es un grupo de investigación de la Universitat de València especializado en salud y bienestar escolar. Estudian cómo el tiempo, los horarios y la organización escolar afectan a niños y jóvenes.

Más información:
http://gisbe-uv.es/
Daniel.Gabaldon@uv.es

Esta investigación cuenta con el apoyo de:
Agencia Estatal de Investigación y de la Generalitat Valenciana

Si quieres leer más sobre Janusz Korczak:
Sus libros «Cómo amar a un niño» y «El derecho del niño al respeto» están disponibles en español y son lecturas breves pero profundas sobre cómo entender la infancia.

Fotografías: Cortesía Proyecto Kairos / Congreso ESA-IKA Düsseldorf 2026