El pediatra y especialista en Medicina del Sueño Gonzalo Pin Arboledas explica por qué los horarios escolares actuales van en contra de la biología de nuestros hijos y qué puede hacer la ciencia al respecto.


Dr. Gonzalo Pin Arboledas Médico pediatra · Especialista en Medicina del Sueño · Máster en Terapia de Modificación de Conducta

Cuando los padres preguntan cuántas horas debe dormir su hijo, la respuesta del doctor Gonzalo Pin Arboledas nunca es un simple número. «Dependiendo de la calidad y el ritmo, la cantidad total de tiempo de sueño puede ser mayor o menor», advierte este especialista en Medicina del Sueño. La obsesión con las cifras, dice, puede confundir más que orientar.

Lo que propone en cambio es una mirada más amplia: evaluar tres factores de manera conjunta. La cantidad de horas dormidas, sí, pero también el ritmo —si el horario es más o menos regular— y la calidad del sueño. Solo con los tres elementos sobre la mesa se puede entender si un niño descansa bien o no.

Dr. Gonzalo Pin

Dr. Gonzalo Pin

 

«Si el niño tiene buen desarrollo, buen humor y buen rendimiento escolar, entonces ha dormido tanto como y cuando sea necesario».

El indicador definitivo, según Pin, no es el monitor del sueño ni el recuento de horas: es el comportamiento durante el día. Un niño que funciona bien, que aprende y que tiene energía, ha dormido suficiente. Uno que arrastra cansancio, que se muestra irritable o que rinde mal en clase, no.

Los datos son preocupantes

Más allá del caso individual, los datos colectivos que maneja el doctor Pin dibujan una tendencia que debería encender las alarmas. La realidad del sueño infantil y adolescente en España —y en particular en la Comunitat Valenciana— no es nada alentadora.

52% de adolescentes valencianos duermen menos de 8 horas
–25 min de sueño perdidos por niño en los últimos 10 años
+10 pts más de niños sin cumplir recomendaciones desde el año 2000

«Eso nunca había sucedido antes, esa rápida pérdida del sueño», afirma Pin. El especialista relaciona esta tendencia con tres fenómenos que avanzan en paralelo: el aumento del sedentarismo, la desregulación de los horarios de alimentación y la alteración de los tiempos de descanso. Todo está interconectado.

El reloj biológico de los adolescentes

Para entender por qué los adolescentes se acuestan tarde y no pueden madrugar sin sufrirlo, hay que conocer un fenómeno llamado retraso de fase fisiológico. Pin lo explica con precisión: durante la pubertad, el inicio de la secreción nocturna de melatonina —la hormona que señala al cuerpo que es hora de dormir— se retrasa entre 15 y 20 minutos por cada año de adolescencia. En las chicas, este retraso es incluso algo mayor que en los chicos.

Este proceso no es un capricho ni una falta de disciplina. Es biología pura. El retraso comienza con los cambios neurohormonales de la pubertad —que en las últimas generaciones puede iniciarse a partir de los 8 años— y termina cuando concluye esa etapa de desarrollo.

«El retraso del reloj biológico en la adolescencia es neurohormonal, progresivo, unos 20-25 minutos por año. Y termina cuando termina la pubertad: es un marcador biológico del final de esa etapa».

El resultado es un choque frontal: mientras el cuerpo del adolescente sigue en modo sueño hasta bien entrada la mañana, la sociedad le exige que esté sentado en un aula a las 8. El coste de ese conflicto no es menor.

Las consecuencias de madrugar cuando el cuerpo no puede

La privación crónica de sueño en adolescentes —que es exactamente lo que genera esta discordancia entre biología y horarios— tiene efectos en cadena. El doctor Pin señala uno especialmente llamativo: el 24% de los adolescentes de la Comunitat Valenciana no desayuna. Y la razón no es falta de tiempo: es que cuando llevan días durmiendo menos de lo necesario, el cuerpo todavía no ha activado el apetito al levantarse.

«Hasta aproximadamente las 10, las 10:30 de la mañana, los adolescentes no alcanzan un rendimiento académico adecuado. Su cerebro todavía está en fase de sueño».

Pero el efecto más documentado afecta al rendimiento académico. Estudiar, memorizar o hacer exámenes antes de esa hora no solo es menos eficaz: es pedir al cerebro que trabaje a pleno rendimiento cuando fisiológicamente aún no puede.

CONSECUENCIAS DOCUMENTADAS DE LA PRIVACIÓN CRÓNICA DE SUEÑO ADOLESCENTE

  • Bajo rendimiento académico, especialmente en las primeras horas del día
  • Ausencia de apetito matinal y salto del desayuno
  • Mayor incidencia de problemas de comportamiento en el aula
  • Alteración de la regulación emocional y el humor
  • Peor calidad de vida general durante la etapa formativa

«Esto no es un problema biológico», matiza Pin. «Es que los horarios académicos se han construido siguiendo los horarios de los adultos, sin tener en cuenta que durante los primeros 18 o 20 años de vida, nuestros ritmos de sueño varían de forma significativa».

La evidencia está ahí. El sistema, no

En los países donde se ha tomado en serio este conocimiento y se ha retrasado el inicio de las clases —aunque sea entre 30 minutos y una hora— los resultados han sido consistentes. Más del 80% del tiempo extra concedido a los adolescentes se destina efectivamente a dormir más. Y el rendimiento académico mejora; los problemas de comportamiento en el aula disminuyen.

Pin va más lejos y apunta a otro nivel de sofisticación: no solo importa cuándo empieza la jornada, sino cómo se distribuyen las asignaturas a lo largo del día y la semana. La cronobiología del aprendizaje demuestra que no aprendemos igual a todas horas ni todos los días.

«Si realizas el examen el miércoles a las 11 de la mañana, verás un mejor rendimiento que si lo haces el lunes a las 8 o 9. Hay suficiente evidencia científica. Lo sabemos. Pero no lo aplicamos».

Pin participó en un estudio financiado por la Unión Europea, realizado durante tres años en España, Italia y Turquía, en el que se analizó cómo influye el momento del día y de la semana en el rendimiento de los estudiantes. Las conclusiones son claras: hay momentos óptimos para aprender matemáticas, para consolidar conocimientos o para hacer pruebas de evaluación. La ciencia ya lo sabe. El sistema educativo, de momento, lo ignora.

LO QUE DICE LA CIENCIA SOBRE EL DISEÑO DE HORARIOS

  • El cerebro necesita reiniciarse cada 80-90 minutos: los periodos de descanso son imprescindibles
  • Los adolescentes no rinden de forma óptima hasta las 10-10:30 h
  • El miércoles y el centro de la semana son los mejores momentos para pruebas de evaluación
  • Las materias de alta demanda cognitiva se asimilan mejor a media mañana
  • Los horarios deberían adaptarse al crono de aprendizaje, no a la conveniencia administrativa

El debate entre jornada continua y partida, reencuadrado

Cuando se le plantea la pregunta del millón en los foros educativos españoles —¿jornada continua o partida?— Pin prefiere reencuadrarla. No porque no tenga opinión, sino porque cree que el debate está mal planteado desde su raíz.

«Reducirlo a un día continuo o día de partido es hacerlo tan simple que pierde significado. La pregunta real es: ¿qué papel queremos que desempeñe el centro escolar?»

Alemania, por ejemplo, optó por la escuela a tiempo completo cuando detectó que su rendimiento académico caía, pero no como sinónimo de más horas de clase: la escuela estaba abierta todo el día para múltiples funciones. Pin señala además que la jornada continua tiene una consecuencia que pocas veces se menciona: el impacto en la equidad nutricional. Cuando el almuerzo en el centro desaparece, muchos niños pierden la que es, para ellos, la comida principal del día. Y con ella, también su función educativa.

«Con los datos de la cronobiología, no parece que el día continuo sea el más favorable para el aprendizaje y la calidad de vida de los niños», concluye. El reto real es diseñar entornos escolares que respeten la biología del desarrollo, que garanticen equidad, que contemplen la conciliación familiar y que aprovechen lo que la ciencia ya sabe —y que, de momento, sigue sin aplicarse.

Esta entrevista forma parte de la serie de contenidos divulgativos del proyecto de investigación Kairos sobre cronobiología, sueño y rendimiento escolar.